En los últimos años he recibido muchas preguntas sobre la dieta cetogénica. Pacientes que llegan a consulta después de meses intentando «entrar en cetosis», con frustración, constipación, mal aliento, caída del rendimiento y, en muchos casos, una relación cada vez más tensa con la comida. Esta es mi posición, fundamentada y honesta.
Lo primero: qué es y para qué sí sirve
La dieta cetogénica es una estrategia nutricional muy baja en carbohidratos y alta en grasas que busca inducir un estado metabólico llamado cetosis. No es una invención del marketing: tiene indicaciones médicas reales y documentadas, como la epilepsia refractaria en niños (su uso clásico desde los años 20), y se investiga en ciertos contextos neurológicos y metabólicos bajo supervisión médica estricta.
Reconocer esto es importante. La crítica seria no niega la herramienta: niega el uso indiscriminado de la herramienta.
El problema no es la cetosis. El problema es vender la cetosis como una estrategia universal de salud para personas sanas que solo querían sentirse mejor.
Lo que la evidencia muestra en población general
Fuera de sus indicaciones específicas, la evidencia a largo plazo es, cuanto menos, mucho más débil de lo que sugiere el ruido mediático. La pérdida de peso inicial es real en muchos casos, pero se explica en gran parte por tres mecanismos poco glamurosos: pérdida de agua asociada al agotamiento del glucógeno, reducción espontánea de la ingesta calórica al eliminar grupos enteros de alimentos, y el efecto «dieta nueva» de cualquier protocolo restrictivo que se sigue con disciplina durante semanas.
A 6-12 meses, la mayor parte de estudios comparativos muestra que la ventaja sobre otras intervenciones dietéticas se reduce o desaparece, y lo que predice el mantenimiento del resultado no es la proporción de macronutrientes, sino la adherencia sostenible —precisamente el punto débil de las dietas muy restrictivas.
Los costes que no se mencionan en los reels
Como médico integrativo, lo que me preocupa no es lo que la dieta cetogénica promete, sino lo que suele costar en la práctica cuando se aplica sin supervisión:
- Microbiota: la reducción drástica y sostenida de fibra dietética reduce la diversidad bacteriana y la producción de ácidos grasos de cadena corta (butirato), con impacto en la barrera intestinal y la regulación inmune. La ciencia del microbioma apunta hacia más fibra y variedad vegetal, no hacia menos.
- Saturación del eje de estrés: imponer una restricción metabólica importante a un organismo que ya vive en modo supervivencia (estrés crónico, mal sueño, hiperestimulación) puede añadir carga alostática en lugar de reducirla. No es lo mismo hacer ayuno o restricción desde un terreno regulado que desde un terreno exhausto.
- Relación con la comida: convertir cada comida en un cálculo de macros y una vigilancia de cetosis alimenta la rigidez y, en personas vulnerables, conductas de desorden alimentario. La salud no se mide solo en cetonas en orina.
- Sostenibilidad real: la mayoría de personas no mantendrá años una dieta que elimina fruta, legumbres, cereales integrales y la mayor parte de la vida social alrededor de la mesa. Y lo que no se sostiene no funciona, aunque funcione tres meses.
La pregunta correcta
Cuando alguien me pregunta si debería hacer dieta cetogénica, mi respuesta siempre es otra pregunta: ¿para qué, y en quién? Un protocolo cetogénico supervisado puede tener sentido en contextos clínicos concretos. Para la mayoría de personas que llegan a mi consulta —con cansancio, digestiones pesadas, peso rebelde, ansiedad y analíticas «normales» pero subóptimas— el problema rara vez es la falta de cetosis. Casi siempre es el terreno: sueño, estrés, movimiento, tóxicos, microbiota, alimentación ultraprocesada y conflictos no elaborados que el cuerpo lleva años señalando.
Tratar el terreno es menos espectacular que prometer la cetosis. Pero funciona, se sostiene, y no convierte la comida en un campo de batalla.